Hace años, debido a la vida sedentaria y a que comía peor que mal, yo tenía sobrepeso. Y no te estoy de hablando de estar un poquito "pasado". Pesaba algo más de 20 kilos de lo que peso ahora. Era algo que no me gustaba, así que decidí ponerme a dieta.
Esperé un momento propicio que me permitiese sumergirme en la nueva disciplina de ordenar mi alimentación. Funcionó. Y además a un ritmo razonable. El inicio fue después de unas Navidades y para el mes de junio siguiente ya estaba en un peso similar al que tengo ahora.
Con ánimo de observar el fenómeno de manera precisa me abrí una hoja de cálculo donde anotaba con frecuencia semanal mi peso. En alguna ocasión me pesé justo antes de acostarme y después recién levantado. Si lo haces en tu casa observarás que pesas menos por las mañanas. Aunque no te hayas levantado para ir al baño en toda la noche. Mientras duermes, adelgazas. Parece magia. ¿Dónde va esa masa que has perdido?
La respuesta es que has exhalado mientras respirabas ese diferencial de masa. Mientras tú duermes tu cuerpo está en "modo energético mínimo" -metabolismo basal- pero sigue consumiendo energía. Igual que cuando estás despierto, en unos orgánulos de tus células llamados mitocondrias está teniendo lugar la respiración celular. Básicamente es un conjunto de reacciones en las que degradamos substancias orgánicas, como la glucosa o los ácidos grasos -pero incluso aminoácidos y cuerpos cetónicos-. Como en cualquier otra combustión hay dos substancias resultantes: agua y CO2. El resto de residuos inorgánicos serán depurados por tus riñones y los eliminarás cuando hagas pis por la mañana. Pero en esos átomos de carbono del CO2 que estás exhalando está gran parte de la materia que estás eliminando de tu cuerpo. Mientras respiras la estás mandando a la atmósfera.
Como el humo de un cigarrillo en la historia que explica William Hurt.
No hay comentarios:
Publicar un comentario